Acabamos de vivir uno de los mejores combates que podemos disfrutar en la actualidad. Yo personalmente lo llevaba esperando algún tiempo ya, aunque sabía que Nakatani debía subir de peso y eso necesita de un tiempo prudente para adaptarse. Ambos invictos y campeones mundiales en varias divisiones.
El 2 de mayo de 2026 era el día pactado. Han pasado unos minutos del final del combate y es mi terreno, donde me gusta sentarme en el escritorio a dejarme llevar sobre las teclas exponiendo sensaciones, más que un análisis frío, desprovisto de la emoción del momento. No obstante, así es como puntúan los jueces, al momento. Cero sorpresas. Nadie podía, ni siquiera imaginar, que Naoya Inoue y Junto Nakatani nos decepcionarían; era imposible, y así fue, nos regalaron un combate apoteósico, donde se ejecutaron todas las variantes existentes en el noble arte. Cada fase del combate tuvo sus características concretas. Varios combates en uno solo. Y en ellos, en cada fase, un porcentaje altísimo en perfección.
La técnica depurada, la defensa, los reflejos, la táctica, la velocidad, las fintas, el jab y la creatividad. El estudio del rival y la base. Parte fundamental del boxeo. Con esa lista podemos resumir la primera parte del pleito; ahí fue donde Naoya sacó una pequeña ventaja. Junto estuvo más expectante y Naoya supo crear huecos donde a simple vista no existía nada. Solo un tipo perfectamente plantado con su compás de piernas bien abierto y amenazante con su mano atrasada. Pues en esa situación tan compleja era donde Naoya iba percutiendo poco a poco y llevándose asaltos para su casillero.
Para pasar a la segunda fase del combate. El cuerpo a cuerpo. Que tiene mucho que ver con esto de la creatividad. Ya que Nakatani se estaba dando cuenta de que su plan, sin ser totalmente fallido, no estaba dando el fruto deseado, de vez en cuando era capaz de conectar a Inoue por sorpresa, pero el volumen era muy escaso. Naoya Inoue es muy inteligente y evitaba los contragolpes, volviendo con velocidad de sus ataques. Con lo cual, a Junto Nakatani no le quedó otra que aumentar el ritmo y empezar a llevar la voz cantante, a base de trabajar con la mano adelantada (conectara o no), para luego cerrar las combinaciones con un aluvión peligroso de golpes. Era un cambio de tendencia muy necesario para el aspirante a las coronas mundiales del peso supergallo. Esto hizo que Naoya recibiera algunos golpes muy dañinos y hasta se viera obligado a retroceder en varias ocasiones. La inercia nos indicaba que los últimos tres asaltos serían apasionantes y decidirían todo.

La tercera y última parte de este manga japonés fue la fase del corazón y de los imprevistos. Tan habitual en el deporte, máxime en el boxeo. Junto Nakatani sufrió un corte en la ceja por cabezazo fortuito entre los dos contendientes. En el décimo asalto, decantaron los dos últimos y frenaron el ímpetu que llevaba el aspirante en el antepenúltimo asalto. Se estaba comiendo a la leyenda nipona, al monstruo, pero lastimosamente, el deporte no es sumar 2+2; hay una multitud de variables infinitas. Inoue aprovechó la circunstancia para revivir y demostrar que todavía tenía el tanque lleno de gasolina y de talento. Desbordó por completo a Nakatani en el 11.º asalto, con un despliegue de magia; sí, lo repito, Inoue es el genio y Nakatani el profesor. Para que se me entienda. Uno crea y el otro enseña. Inoue es más impredecible y Nakatani aplica el noble arte a la perfección, pero sin inventar nada. Después del speech, en el último asalto, Nakatani supo reconducir la paliza del round anterior y terminó en pie y contento de la auténtica guerra vivida en el Tokyo Dome ante el mejor boxeador japonés de todos los tiempos.
Los jueces dieron una victoria por decisión unánime en favor del monster (115-113, 116-112, 116-112) que retiene su reinado indiscutido en el peso supergallo. No sé, lo que hemos vivido hoy no lo anoto en una tarjeta, eso es trabajo de otros. Me quedo con el cuadro, la pieza musical o la obra maestra de la literatura que nos han regalado durante 36 minutos sobre ese ring. Yo lo pondría, sin dudar, en las escuelas de boxeo, a los futuros competidores. Analizar y desgranar todas y cada una de las acciones y preguntándose el porqué de cada acción. Eso sería el mejor homenaje que les podrían hacer a estos dos samuráis.

Carlos Fernández