Antes y después de comenzar un combate, el cuadrilátero está a rebosar de gente. Compañeros, esquina, presentador del evento y algún otro familiar que se incorpora. En el fondo es como la vida: puedes tener mucho apoyo, pero a la hora de la verdad te la tienes que bancar tú solo (como diría un argentino). «Ni el banquito te dejan», decía Bonavena. Qué razón más grande. Anoche, viendo a Jon Fernández retener por primera vez su campeonato de Europa, me vino todo esto a la cabeza.
Claro está, en una preparación de meses y en la firma de un combate hay multitud de movimientos de personas involucradas para que todo salga adelante; eso nadie lo pone en duda. Ellos pueden ponerte una fecha y hora, prepararte en el gimnasio y en la alimentación como un auténtico animal, darte la mejor táctica posible dependiendo del oponente que tienes enfrente, pero en el segundo exacto de sonar la campana inicial, debes sacar todo eso a relucir ante alguien que ha hecho exactamente lo mismo que tú, con tus mismas ansias de gloria y al que también dejan totalmente solo cuando comienza todo. Por eso el noble arte del pugilismo es tan misterioso y genera tantas emociones, porque no son dos personas realizando un deporte cualquiera para dilucidar quién es el mejor, son dos almas que cargan a cuestas sentimientos, culpas, sacrificios y a toda esa gente que les acompañaba encima del ring antes de empezar y que se van a subir cuando termine todo. El acertijo de la vida te toca descifrarlo a ti, solo a ti.
Nacemos solos y morimos solos.