Por Carlos Fernández.
Nadie los tiene en cuenta, ni siquiera en las previas, crónicas y debates post-evento. Son parte fundamental del mismo, pero parecen invisibles para el gran público.
Los jornaleros. The Journeyman, que dirían los ingleses. La épica no solo se encuentra en los grandes campeones; las historias de los jornaleros del ring no tienen nada que envidiar a las de los Manny Pacquiao o Floyd Mayweather de turno. Aunque supongo que ninguno empieza a boxear con ese objetivo, aunque alguno habrá. El boxeo tiene incontables anécdotas de gente que ha salido del barro y de la oscuridad más profunda y ha encontrado más que una salida en el deporte, un modo de vida. Antes, si valías para recibir, ya eras aprovechable y con ello te podías garantizar un modo de subsistir. Hablo de principios del siglo XX. También es entretenimiento y, para que haya veladas pugilísticas, necesitas personas de toda condición, como las talentosas y atléticas, pero también los corajudos y valientes hasta la extenuidad. Dentro de ese pack es donde meteríamos a los jornaleros.

Siempre dispuestos. El teléfono no deja de sonar. Hay un nuevo púgil local en tal ciudad y se te ofrece venir el próximo sábado al Midland Hotel de Manchester. Te pagamos la gasolina y la noche, más una bolsa fijada de x dinero por los cuatro asaltos, que suele oscilar dependiendo del número de asaltos, la experiencia del rival y el nivel de la gala. Si concretamos, el sueldo por subirse al cuadrilátero con la promesa de turno oscila entre £250 y £1.000, pudiendo llegar a £3.000 en caso de que te contacten empresas como Matchroom o Queensberry.
Cuando pienso en jornaleros del ring, siempre me viene a la mente el bueno de Peter Buckley, que se retiró en 2008 con un historial de 32 victorias. 256 derrotas y 12 nulos. Homenajeado en su retirada por la Junta de Control de Boxeo Británica (BBBoC, por sus siglas en inglés, British Boxing Board of Control). Y no es de extrañar. Buckley vivía de ello y lo honraba. Campeones mundiales, europeos o británicos cruzaron guantes con él, pero también púgiles que terminaron abandonando el boxeo por diversos motivos. Pero Buckley seguía ahí. Desde su debut en 1989 hasta el 2008, donde se despidió con victoria.

No los llaman para perder. Los llaman para que el boxeador que recién empieza vaya evolucionando acorde a lo dura que es la competición. Nada mejor que un jornalero experimentado y honrado para destapar los fallos de un novato.
Algunos viven de ello enteramente, otros lo toman como un extra mensual. Ojalá se les correspondiera justamente con el dinero que merecen. Muchos de ellos son obreros que entrenan al acabar la jornada. El mérito es incalculable. La próxima vez que acudáis a una velada espero y deseo que tengáis este texto en mente y miréis con otros ojos «al del record negativo».
La jornada
Los focos a pleno rendimiento la noche del sábado. Personas de distintas zonas del país vienen a presenciar el debut de un boxeador olímpico que ha dado el salto al campo profesional. Ambiente de verdadera noche de boxeo. Es un hotel de cuatro estrellas y las mesas lucen copas de champagne para la ocasión. No es el típico pabellón a las afueras de un pueblo. Es una gala con bastantes lujos y parafernalia variada. En la planta inferior están los vestuarios; una luz tenue y titilante acoge a los protagonistas allí abajo. Hace frío. Se quitan el chándal, colocan las mochilas con todo el equipo y comparten opiniones sobre cómo imaginan el combate. En la puerta de los vestuarios hay un folio pegado con el orden de salida al ring. Resta una hora y media para su puesta en escena y el entrenador comienza el ritual de vendaje. Al parecer, el combate estelar es por un título nacional del peso gallo, pero este vestuario es el visitante, donde menos presión parece haber. Aquí, más que nervios, hay ganas de terminar sano y salvo. Sin ningún corte o traumatismo que les obligue a visitar el hospital y perder allí toda la noche. Puesto que van a presenciar la gala dos amigos que viven cerca de aquí; no quiere sustos. La victoria es cenar tranquilo y disfrutar comentando todo lo vivido esta noche. Antes, toca boxear. Si ve un descuido en el debutante, lo intentará aprovechar. «Soy su primer escalón y que tenga cuidado de no tropezar».
Es solo una planta la que separa el lujo y la ostentación, de lo lúgubre de los vestuarios. Pero pareciera a kilómetros de distancia por la diferencia de color y calor de ambas estancias. En un lugar hay brillo, en el otro un gris de día laboral. Es muy distinto vivir una velada de boxeo como público a vivirla desde dentro, cerca del boxeador, o imagínense ser el propio boxeador. El punto de vista está muy alejado y a mí me atrae conocer todos los lados de la ecuación, para poder valorar todo en su medida. Los auténticos protagonistas pasan penurias y sacrificios varios para que tú puedas disfrutar de un sábado de boxeo. Cuando los focos se apagan y nuestro protagonista acaba de ofrecer cuatro asaltos de auténtico guerrero, haciendo trabajar a la futura estrella, entra al vestuario sin mayor halago que el de un mensaje de su madre al teléfono, ahí es cuando, definitivamente, aprecias en su mayor esencia el noble arte. Los gladiadores de nuestra época, eso si que es una decisión unánime en su favor.
El rival se acerca al vestuario para invitarle a un trozo de hamburguesa, mientras les hacen una foto que refleja nobleza y emotividad, a partes iguales. Nadie más que un boxeador puede entender a su rival. Nosotros lo podemos intentar, desde la infinita lejanía, aunque a cada paso busquemos acercarnos.
Mi homenaje a todos los jornaleros del ring.